sábado 2 de abril de 2011

La Perdida

Alguien llamó a la década del 80 “la perdida”, refiriéndose seguramente al funcionamiento y resultados de la economía . Emilio pensó lo mismo, mientras dejaba los anteojos en el estuche, después de leer un artículo publicado en una revista. Caminó hasta la cocina y, con un café mediante, encendió el televisor del living ubicado frente a un mullido sillón que ocupó en toda su extensión.

Las imágenes de un viejo noticiero parecían superponerse en su memoria: movimientos de personas, variedad de colores y personajes fugaces se confundían con la voz en off de periodistas e informantes calificados.

La guerra se había desarrollado en un desierto no muy extenso, según devolvían las imágenes en tonos grises y marrones; los tonos de la vegetación achaparrada. El cielo y el mar habían extrañado la serenidad del lugar ante el rugir de motores agresivos y de proyectiles lanzados, cruzándose ininterrumpidamente.

A más de veinte años de ocurridos los hechos, Emilio recordaba sólo ese episodio, a pesar de que se había estacionado en un canal de películas por cable. El sillón crujió ante un movimiento de Emilio; pegó un saltito al observar, en una escena de una película, a un trío amoroso sobre una cama espectacular de color verde.

Pareció distraerse un instante. La cama espectacular de color verde sobre la que se movían sus protagonistas, se transformó en el paisaje rocoso y de vegetación rastrera sembrado de muertos y heridos, sólo cubiertos por el barro. El viento parecía cortar sus caras enrojecidas, mientras se oían a lo lejos voces pidiendo auxilio.

Recordaba Emilio que el General, que había ordenado se traslade al lugar su vehículo Ford Falcon, aparecía en primer plano en la TV. Un famoso periodista transmitía información que era comparada, por algunos argentinos, con la de origen uruguayo. Más tarde y, conocidos los resultados de la contienda, los datos proporcionados por ese periodista habían sido falsos.

Mientras Emilio comenzó a hacer zaping, la figura de una dama madura de voz inconfundible apareció en la pantalla en un programa conmemorativo de la guerra de Malvinas. Junto a un señor de estatura mediana y cabello negro engominado dirigían la orquesta, compuesta por destacadas figuras del orden empresario y artístico. El objetivo: recaudar fondos para ayudar a nuestro ejército que estaba en el frente.

Así iban desfilando señoras que entregaban sus collares y anillos y gente de distintas edades que aportaban dinero, chocolates, bufandas, medias y otros elementos útiles para los soldados.

Ante la imagen del General, dirigiéndose a la multitud en la emblemática plaza de Buenos Aires, la que respondía vitoreándolo, Emilio apagó el televisor. Con los puños apretados se levantó del sillón y se paró delante de la ventana.

A través de los vidrios pudo observar a unos chicos que remontaban un barrilete. Mientras los rompía y con las manos ensangrentadas, recordaba que él era un niño cuando ocurrió lo de Malvinas y que también tenía la costumbre de remontar barriletes.

2 comentarios:

la occhi dijo...

Muy hermoso Bea y tristes estos niños sufrientes que tenemos los argentinos.
Te mando un beso
Cristina

Beatriz dijo...

Gracias Cristina. Si, es verdad lo de los niños sufrientes...
Beso para vos