domingo 7 de marzo de 2010

El Arco Iris

Estaba disfrutando de la tarde, después de la tormenta, mientras revisaba un manual viejo de física. Por la ventana ingresaba un aire cálido y demasiado húmedo para su gusto.
De pronto, una luz rara comenzó a proyectar imágenes en el suelo. Comenzó a arrastrarse por los bordes de cada baldosa. De a poco fue subiendo por su zapato gris, se acomodó en el ruedo de su pollera hasta alcanzar su rodilla, la cintura, el ombligo. Se coló entre sus pechos y corrió por su cuello, acariciándolo. Luego le besó la boca y se instaló en su cara. Se sintió prisionera de algo que desconocía. Un sudor helado recorrió su cuerpo y no podía pensar. Tiró el libro a un costado con furia y desprecio. Se aferró a la silla por unos instantes, con tanta presión que llegó a romperla.
Cuando se levantó, totalmente encandilada, primero la echó para atrás y luego se posicionó en el medio de la sala. Vio al arco iris gigante incrustado en la ventana. Se apuró para cerrarla sin lograr el objetivo: el arco iris ingresó a su casa.
Inmovilizada por el espectáculo, sólo atinó a observarlo. Verde agua, verde pasto y verde como la pared era ese arco iris. Se recostó en un sofá, pálida y asustada.
“Es la dispersión de la luz”, intento razonar desde el asombro. Pero el fenómeno pudo más y nuevamente se fue dejando caer despacio sobre las baldosas frías, de mármol blanco. Los colores se iban trenzando, subían por la pared y rebotaban en el techo. Bajaron hasta el sofá y, esta vez, comenzaron a abrazarla.
Como en una danza mortal cedió ante sus encantos. Cedió al hechizo y se abrió la noche.

2 comentarios:

Secta dijo...

Hermosa la imagen del arco iris, muy surreal...

Saludos

Beatriz dijo...

Gracias, Secta, me alegra que hayas visto la imagen (siempre me fascino el arco iris)
Saluditos