Estaba pintando la casa situada a orillas del Limay. De aguas claras y profundo. Como hay pocos. La costanera angosta y sinuosa llegaba hasta la toma, de viviendas precarias vestidas de octubre gris: apenas unas flores de retama comenzaban a adornar los techos. Y los álamos, erguidos, marcaban su territorio.
El terreno estaba cercado. Era árido, con tierra suelta y arenosa. El viento insaciable le traía pimpollos rojos y le robaba semillas que se iban perdiendo en la costa.
Batallaba contra la meseta, solitaria y poderosa. Allí el sol se ponía muy tarde. Se le habían quemado las manos cuando levantó la tapa del tanque de agua. Y el último invierno lo había pasado sin salamandra. Cuando los sauces comenzaron a verdear, ella decidió irse. El la alcanzó a ver entre los que lloraban más que nunca, mientras subía a la balsa. Sólo le dejó una nota que decía que no quería seguir luchando.
En octubre, los frutales enquistados en el valle, seguían siendo víctimas de las heladas matinales. Un manzano muy bajo iba echando al mundo sus primeros hijos y un ciruelo gigante imponía su carácter.
Se acordaba de Lina y de Roberto y de Lucho y Marina, luego del festejo de la bajada en canoa. Era celeste, medio despintada, de madera blanda y noble.
El día del ciclón, mientras intentaba amarrar su bote abrazado a un árbol, alguien que pasaba por ahí le preguntó si aquello era posible. El le respondió que si.
jueves 26 de noviembre de 2009
lunes 23 de noviembre de 2009
El tren Cancionero
El tren cancionero pasaba cada tanto. Pero en un pueblo extraviado en el mapa siempre lo esperaban.
El turco Abad organizaba la troupe y todos lo seguían hasta la estación. Al llegar cada uno tomaba su puesto: Molly se sentaba en el mismo banco, José se acostaba en el suelo boca arriba, César apoyaba su codo derecho en el mostrador de la boletería, los demás preferíamos estar parados y el turco se trepaba al caño de la luz.
La locomotora, hinchada de felicidad, estiraba su panza negra hasta convertirse en un dibujo animado. El humo salía con forma de violín al compás de una pieza de Beethoven. Algunos vagones, con mucha fiaca, la seguían un poco desafinados. El primero parecía estar de acuerdo con la locomotora: el piano iba de arriba a abajo en do, en fa y en sol. A los demás les gustaba más Piazzolla. Y varios bandoneones avanzaban rezongando milongas. El último vagón, petiso y regordete, hacía sonar las guitarras de un bolero de Armando Manzanero.
Al acercarse a la estación, el tren descarriló y todos corrieron a auxiliarlo.
El cuarto vagón suspiró un solo de saxo por última vez, mientras el turco Abad corría por el andén detrás de los violines de la locomotora.
El turco Abad organizaba la troupe y todos lo seguían hasta la estación. Al llegar cada uno tomaba su puesto: Molly se sentaba en el mismo banco, José se acostaba en el suelo boca arriba, César apoyaba su codo derecho en el mostrador de la boletería, los demás preferíamos estar parados y el turco se trepaba al caño de la luz.
La locomotora, hinchada de felicidad, estiraba su panza negra hasta convertirse en un dibujo animado. El humo salía con forma de violín al compás de una pieza de Beethoven. Algunos vagones, con mucha fiaca, la seguían un poco desafinados. El primero parecía estar de acuerdo con la locomotora: el piano iba de arriba a abajo en do, en fa y en sol. A los demás les gustaba más Piazzolla. Y varios bandoneones avanzaban rezongando milongas. El último vagón, petiso y regordete, hacía sonar las guitarras de un bolero de Armando Manzanero.
Al acercarse a la estación, el tren descarriló y todos corrieron a auxiliarlo.
El cuarto vagón suspiró un solo de saxo por última vez, mientras el turco Abad corría por el andén detrás de los violines de la locomotora.
domingo 1 de noviembre de 2009
Alegrías
Me da alegría el encuentro
Con vos
Con ellos
Me dan alegría los chicos crecidos y sus espíritus generosos
Y los días de lluvia estar adentro
Escuchar los tangos del viejo
Encontrar flores secas en los libros
El ruido del mar
Juntar piedritas
Extasiarme en la boca del Copahue
Me da alegría la riqueza de lo diverso
Los espacios abiertos
El desprejuicio
La libertad
La alucinación de Venecia
Las fiestas catalanas
La conversación en el bar Marsinach
Me da alegría un buen libro surrealista
Devorarme en sus letras
Meterme en su sueño
Andar lejos para explorar
Quedarme y cuidar tus ojos
Me dan alegría las surgentes de agua
Hacer regalos
Tomar unos mates con amigos
Pasar por tu casa
Con vos
Con ellos
Me dan alegría los chicos crecidos y sus espíritus generosos
Y los días de lluvia estar adentro
Escuchar los tangos del viejo
Encontrar flores secas en los libros
El ruido del mar
Juntar piedritas
Extasiarme en la boca del Copahue
Me da alegría la riqueza de lo diverso
Los espacios abiertos
El desprejuicio
La libertad
La alucinación de Venecia
Las fiestas catalanas
La conversación en el bar Marsinach
Me da alegría un buen libro surrealista
Devorarme en sus letras
Meterme en su sueño
Andar lejos para explorar
Quedarme y cuidar tus ojos
Me dan alegría las surgentes de agua
Hacer regalos
Tomar unos mates con amigos
Pasar por tu casa
viernes 11 de septiembre de 2009
El Placero
La luna ilumina los restos que han dejado los manifestantes.
Los hay de todos los signos y tonos. Una bandera de tres colores cubre un banco de madera vieja, las estatuas grises lloran de impotencia y un muñeco de paja, arde sobre las escaleras que conducen al mástil.
Pedro Robles alza la mirada para seguir el trayecto del humo antes de que se pierda entre las nubes.
El viento frío azota los árboles, la calle duerme y un silbido lejano acuna su indiferencia.
Las nubes empiezan a descender. Una de ellas se le acerca rodeándolo, lo abraza y lo estruja. Luego lo suelta y juega a planear. Pedro intenta deshacerse de ella a los manotazos pero no puede.
Las otras van descendiendo cada vez más, en el momento en que él corre a esconderse detrás de un árbol seco.
Luego decide que lo mejor es juntar los deshechos esparcidos, mientras observa el lento vuelo de las nubes sobre la plaza.
Los hay de todos los signos y tonos. Una bandera de tres colores cubre un banco de madera vieja, las estatuas grises lloran de impotencia y un muñeco de paja, arde sobre las escaleras que conducen al mástil.
Pedro Robles alza la mirada para seguir el trayecto del humo antes de que se pierda entre las nubes.
El viento frío azota los árboles, la calle duerme y un silbido lejano acuna su indiferencia.
Las nubes empiezan a descender. Una de ellas se le acerca rodeándolo, lo abraza y lo estruja. Luego lo suelta y juega a planear. Pedro intenta deshacerse de ella a los manotazos pero no puede.
Las otras van descendiendo cada vez más, en el momento en que él corre a esconderse detrás de un árbol seco.
Luego decide que lo mejor es juntar los deshechos esparcidos, mientras observa el lento vuelo de las nubes sobre la plaza.
lunes 24 de agosto de 2009
El Tunel
Al despertarse esa mañana sintió una molestia en sus ojos. Le costó abrirlos. Y cuando lo hizo, con mucha dificultad, lo primero que observó fue que su perro no estaba a su lado.
Antes de incorporarse se los refregó un poco para ver mejor. En ese instante descubrió que su walkman había desaparecido.
Hacía mucho calor, por lo que con gran fastidio tiró al suelo el acolchado y se quitó las medias. Fueron a dar a los pies de la cama en donde siempre dejaba la laptop: en su lugar una montaña de un polvo raro la había reemplazado.
La noche anterior había bebido una copa de ginebra para entrar en calor. El pronóstico del tiempo venía anunciando temperaturas bajo cero para varios días.
Corrió a la cocina y se chocó con una pared. Busco la perilla de la luz. No estaba.
A través de una banderola, se filtraba un haz de luz. Nunca había visto esa banderola. Entre la penumbra descubrió que la pared estaba pintada de ocre.
Afuera maullaba un gato, muy cerca de donde estaba ella: muy quieta en el camino hacia la cocina.
El ruido de un motor le llegó como de lejos. Despacio, y para reconocerlo mejor, caminó hacia una puerta de metal herrumbrosa. Tanteó el picaporte y no logró abrirla: estaba cerrada con llave.
Pensó en llamar a su madre pero otro ruido la distrajo. Provenía de una vieja radio a transistores ubicada en el suelo, casi debajo de la cama. Alcanzaba a oír una voz femenina que, con énfasis, remarcaba que la temperatura iba en ascenso y la máxima llegaría a los 32 grados.
Se acercó, esta vez rápidamente para agarrarla, y escuchó la voz de un locutor que en ese momento anunciaba el ingreso de la Unión Soviética a Alemania. Se agarró la cabeza en un gesto desesperado porque, a medida que oía, se daba cuenta de que la noticia era transmitida en un idioma que le era ajeno, pero que entendía.
Buscó su celular debajo de la almohada para llamar a su madre. El aparato no estaba y en su lugar alcanzó a palpar un papel. Lo tomó, y en la que era la sección deportiva de un matutino con una fecha borroneada de 1945, decía en castellano: “Barcelona, campeón de la primera liga española”. Mientras leía el contenido de la nota, un sudor comenzó a recorrer todo su cuerpo y un olor a pólvora que ingresaba por la banderola, le anunciaba un riesgo cierto.
La puerta la abrieron a golpes, la apuntaron por la espalda y la llevaron a un campo próximo. Tres hombres uniformados le gritaron frases ininteligibles. El brazo en alto de uno de ellos le señalo el sendero por el que debía caminar, sin mirar para atrás. Una ráfaga de disparos la impactó. Cayó de rodillas sobre un pasto verde, salpicado de pequeñas flores blancas, al lado de su perro.
Antes de incorporarse se los refregó un poco para ver mejor. En ese instante descubrió que su walkman había desaparecido.
Hacía mucho calor, por lo que con gran fastidio tiró al suelo el acolchado y se quitó las medias. Fueron a dar a los pies de la cama en donde siempre dejaba la laptop: en su lugar una montaña de un polvo raro la había reemplazado.
La noche anterior había bebido una copa de ginebra para entrar en calor. El pronóstico del tiempo venía anunciando temperaturas bajo cero para varios días.
Corrió a la cocina y se chocó con una pared. Busco la perilla de la luz. No estaba.
A través de una banderola, se filtraba un haz de luz. Nunca había visto esa banderola. Entre la penumbra descubrió que la pared estaba pintada de ocre.
Afuera maullaba un gato, muy cerca de donde estaba ella: muy quieta en el camino hacia la cocina.
El ruido de un motor le llegó como de lejos. Despacio, y para reconocerlo mejor, caminó hacia una puerta de metal herrumbrosa. Tanteó el picaporte y no logró abrirla: estaba cerrada con llave.
Pensó en llamar a su madre pero otro ruido la distrajo. Provenía de una vieja radio a transistores ubicada en el suelo, casi debajo de la cama. Alcanzaba a oír una voz femenina que, con énfasis, remarcaba que la temperatura iba en ascenso y la máxima llegaría a los 32 grados.
Se acercó, esta vez rápidamente para agarrarla, y escuchó la voz de un locutor que en ese momento anunciaba el ingreso de la Unión Soviética a Alemania. Se agarró la cabeza en un gesto desesperado porque, a medida que oía, se daba cuenta de que la noticia era transmitida en un idioma que le era ajeno, pero que entendía.
Buscó su celular debajo de la almohada para llamar a su madre. El aparato no estaba y en su lugar alcanzó a palpar un papel. Lo tomó, y en la que era la sección deportiva de un matutino con una fecha borroneada de 1945, decía en castellano: “Barcelona, campeón de la primera liga española”. Mientras leía el contenido de la nota, un sudor comenzó a recorrer todo su cuerpo y un olor a pólvora que ingresaba por la banderola, le anunciaba un riesgo cierto.
La puerta la abrieron a golpes, la apuntaron por la espalda y la llevaron a un campo próximo. Tres hombres uniformados le gritaron frases ininteligibles. El brazo en alto de uno de ellos le señalo el sendero por el que debía caminar, sin mirar para atrás. Una ráfaga de disparos la impactó. Cayó de rodillas sobre un pasto verde, salpicado de pequeñas flores blancas, al lado de su perro.
martes 18 de agosto de 2009
Alejandra Pizarnik (recreacion Arbol de Diana-20- 1962
Piensa que no conoce de pasiones y tragedias de la vida
Piensa que dejó atrás la pasión que desencadena la tragedia de la vida
Piensa que la pasión es tragedia, es vida
Piensa que la vida está en la pasión y la tragedia
Piensa que no conoce
Piensa que dejó atrás la pasión que desencadena la tragedia de la vida
Piensa que la pasión es tragedia, es vida
Piensa que la vida está en la pasión y la tragedia
Piensa que no conoce
sábado 25 de julio de 2009
Pajaro azul
El hombre de la bolsa no era precisamente el que asustaba a los niños. Se levantaba todas las mañanas para insertarse en una loca carrera.
Acciones, bonos, índices y un sabor amargo al final de cada jornada agobiante, lo venía dominando desde hacía unos años. Un cóctel infernal de subas, bajas y apuestas.
Algunos imponían el escenario. Otros se sometían al resultado implacable de definiciones turbulentas.
Un día decidió abandonarlo todo. Sin previo aviso, preparo la mochila y tomo el primer avión hacia las montañas.
Lo esperaba un guía que había contratado.
Caminaron decenas de kilómetros, treparon laderas ásperas y bebieron agua del lago. Con la mirada atenta, escucho el libreto correspondiente a cada uno de los escenarios. Hasta que se le ocurrió preguntarle por un pájaro azul que volaba en círculos, para luego ascender casi hasta las estrellas.
El muchacho le explico que se trataba de un ave perteneciente a una especie de la que no se acordaba el nombre. Que no anidaba y que pasaba la mayor parte del tiempo en el aire. En la zona la llamaban “La pasajera”, porque siempre estaba en transito.
Con una intriga insoportable a cuestas y muy asustado, abandono la excursión.
En el hotel decidió que lo mejor era regresar y retomar su trabajo en la city: su única certeza.
Acciones, bonos, índices y un sabor amargo al final de cada jornada agobiante, lo venía dominando desde hacía unos años. Un cóctel infernal de subas, bajas y apuestas.
Algunos imponían el escenario. Otros se sometían al resultado implacable de definiciones turbulentas.
Un día decidió abandonarlo todo. Sin previo aviso, preparo la mochila y tomo el primer avión hacia las montañas.
Lo esperaba un guía que había contratado.
Caminaron decenas de kilómetros, treparon laderas ásperas y bebieron agua del lago. Con la mirada atenta, escucho el libreto correspondiente a cada uno de los escenarios. Hasta que se le ocurrió preguntarle por un pájaro azul que volaba en círculos, para luego ascender casi hasta las estrellas.
El muchacho le explico que se trataba de un ave perteneciente a una especie de la que no se acordaba el nombre. Que no anidaba y que pasaba la mayor parte del tiempo en el aire. En la zona la llamaban “La pasajera”, porque siempre estaba en transito.
Con una intriga insoportable a cuestas y muy asustado, abandono la excursión.
En el hotel decidió que lo mejor era regresar y retomar su trabajo en la city: su única certeza.
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